domingo, 7 de febrero de 2016

Perú recibió 4.150 piezas arqueológicas precolombinas incautadas en Argentina




© EFE 2015 | 02/03/2016

El Gobierno de Perú recibió un lote de 4.150 piezas arqueológicas, el mayor número de bienes culturales recuperados hasta el momento en el extranjero, que fueron incautadas a coleccionistas y traficantes por las autoridades de Argentina, informó hoy la Cancillería peruana en un comunicado.



El Gobierno de Perú recibió un lote de 4.150 piezas arqueológicas, el mayor número de bienes culturales recuperados hasta el momento en el extranjero, que fueron incautadas a coleccionistas y traficantes por las autoridades de Argentina, informó hoy la Cancillería peruana en un comunicado.

Entre los bienes devueltos al país figuran piezas de metal, textil, cerámica, restos óseos y fibras orgánicas pertenecientes a las culturas Chavín, Lambayeque, Mochica, Chimú, Cupisnique, Nazca, Chancay e Inca.

"La recuperación de esta colección, de gran importancia, marca un significativo momento en la recuperación de patrimonio cultural nacional", señaló la Cancillería.

La entrega del lote arqueológico se concretó el jueves pasado en el marco del Convenio para la protección, conservación, recuperación y devolución de bienes culturales, arqueológicos, artísticos e históricos robados, exportados o transferidos ilícitamente, que firmaron Perú y Argentina.

Las piezas precolombinas fueron incautadas hace 15 años a coleccionistas y traficantes en Buenos Aires y tras una serie de litigios judiciales la Justicia argentina ordenó su devolución a Perú.

La Cancillería anunció que próximamente se hará una ceremonia oficial en la que se expondrá una muestra representativa del lote recuperado.


http://www.holaciudad.com/vida_y_estilo/Peru-arqueologicas-precolombinas-incautadas-Argentina_0_886411605.html



Peripecias de una momia peruana en la Argentina
El insólito destino de la pieza arqueológica desde que entró al país hasta su restitución, el miércoles pasado


Silvina Premat
LA NACION, SÁBADO 30 DE ENERO DE 2016


Llegó al país hace casi cinco años en una encomienda con remitente de Bolivia, envuelta en papeles de diario y bolsas de plástico y escondida dentro de una pieza de yeso con forma de muñeca rusa. El miércoles pasado volvió a su país, Perú, dentro de una caja especialmente hecha para ella, apoyada entre almohadillas y envuelta en telas de algodón y poliéster.

Esa caja fue la más cuidada en el operativo de seguridad que trasladó más de cuatro mil piezas arqueológicas peruanas desde el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (Inalp), en el barrio de Belgrano, hasta el aeropuerto de Ezeiza. Pero dentro de la caja "especial" no iban objetos de arcilla de culturas milenarias. Iban los restos momificados de una mujer peruana. La custodia policial también trató con mucha delicadeza otras tres cajas. Allí se trasladaban tres cráneos que completaban la encomienda que intentó ingresar al país una momia.

El caso pasará a la historia como el primer contrabando de restos humanos que fue comprobado y cuyo comprador fue condenado desde la promulgación de la ley 25.743, de protección al patrimonio arqueológico y paleontológico.

La noticia del hallazgo de una momia y tres cráneos fue ampliamente difundida en mayo de 2011. En ese momento la Justicia dispuso la devolución de los restos a Perú, de donde nunca debieron haber salido, y pidió la guardia judicial y el mantenimiento de ese "botín" al Inalp.

Allí se determinó que se trataba de una mujer adulta cuya momificación no fue buscada, sino que se dio por un proceso natural por las características del lugar donde fue enterrada. Las calaveras, en cambio, son varones.

La causa penal terminó con un juicio oral, en febrero de 2014, que condenó a cuatro años de cárcel a Sebastián Juan Pablo Suárez, quien había comprado por Internet las piezas de yeso que contenían los restos.

Según informó a LA NACION el fiscal Marcelo Agüero Vera, que intervino en el caso, la justicia peruana no dispuso la investigación necesaria para dar con el exportador. Los datos del remitente resultaron falsos. "La curiosidad es que investigando se supo que materiales como éstos eran recogidos de excavaciones en un cementerio antiguo, en Perú. Presuponemos que en este caso también fue así", dijo Agüero Vera. Y agregó: "Es fundamental investigar de dónde salió para que no se repita. Según los dichos del imputado esto fue ofertado en una página web especializada en vasijas".

Suárez, que se presentó como vigilante en edificios de Recoleta donde vivía, declaró no conocer el contenido de las dos "vasijas" de yeso cuyo envío sí dijo haber solicitado a un precio que acordaría con el remitente después de haberlas recibido.

Agüero Vera sospecha que la intención era enviar los restos a Europa. "La presunción es que en la Argentina se triangulan muchos bienes culturales. En Europa hay muchas personas interesadas en comprar este tipo de bienes."

Valores difíciles de calcular

También para Abel Ferrino, funcionario de la AFIP especializado en bienes de patrimonio cultural que fue convocado por el personal de la Aduana cuando detectaron los restos dentro de las encomiendas, su destino final no sería la Argentina. Ferrino tiende a pensar que se trajeron al país para enviarlos desde aquí a algún museo europeo o de Medio Oriente. En su informe, Ferrino valúa la momia en 50.000 dólares y cada uno de los cráneos en 5000.

¿Cómo se pone precio a una momia? "El valor de la mercadería prohibida -porque es mercadería, todo es mercadería- se calcula de acuerdo con el valor que tiene en el mercado negro", dijo Ferrino. Y, en respuesta a quienes se escudan en la figura de "contrabando menor" el experto afirmó que "la ley 25.743 asocia al delito de contrabando, no de contrabando menor, a quien trafique bienes arqueológicos o paleontológicos".

Si bien no se pudo precisar el lugar exacto de donde fue sustraída, sí se identificó su origen en una zona cálida y árida. Por eso, para su conservación no fue necesario mantenerlas en un microambiente frío, como se hace con las momias de Llullaillaco que se conservan en el museo de Salta. Según consta en la causa, dijo Agüero Vera, los restos pertenecerían a la cultura Paracas, que vivió entre los siglos VIII a. de C. y III d. C.

Para Diana Rolandi, arqueóloga y directora del Inalp, "la momia no tiene ningún atributo que permita identificar la cultura a la que perteneció ni la época en la que esta persona murió. Sólo podría afirmar que es prehispánica".

Durante los cuatro años y medio que permaneció en el Inalp la momia fue cuidada por las responsables de conservación y mantenimiento del patrimonio cultural, Gabriela Ammirati y Silvina Aumont.

"Desde el primer momento este trabajo para nosotras fue interesante y problemático", dijo Ammirati. Y recordó. "Evidentemente quien la embaló para mandarlas al país no era un experto, sino alguien que sólo quería disimular el contenido de los paquetes", afirmó y mostró las fotos tomadas en el momento del arribo. Allí se ven los restos envueltos en papeles de distinto tipo, plásticos y goma espuma. Esos envoltorios no propicios crearon microambientes húmedos que habían favorecido la proliferación de hongos, por lo que las especialistas debieron limpiarla con sus barbijos, guantes y delantales. "La tocábamos lo menos posible, pero había que sacarle los hongos, por lo que lo hacíamos con mucho cuidado y cada vez que lo hacíamos le pedíamos permiso", contó la especialista. Con su colega buscaron un lugar en el Inalp para trabajar "alejado de los curiosos, teniendo en cuenta que no era una vasija sino una persona".

La única vez que la momia salió del Inalp fue para el juicio oral, en febrero de 2014. Solicitada su presencia por la fiscalía, hacia allá partió dentro de una caja y con custodia policial. "Era el primer juicio oral en el que participaba. Fue impresionante tener que dar el informe con la momia allí", contó Ferrino. Y Rolandi hizo notar una curiosa coincidencia cultural: "En las reuniones o asambleas de los incas en las que se tomarían decisiones importantes, sus antepasados participaban. Es decir, se trasladaban sus momias y se las ponía junto a ellos".

http://www.lanacion.com.ar/1866640-peripecias-de-una-momia-peruana-en-la-argentina

jueves, 4 de febrero de 2016

Magia sexual en el Antiguo Perú


Magia sexual en el Antiguo Perú 
Un análisis académico 

Federico Kauffmann Doig 




El lector hallará en este libro de Federico Kauffmann Doig un amplio caudal informativo. Éste aborda los pormenores de cómo los Moche practicaban sus costumbres amatorias según las escenas que plasmaron en cerámica 1500 años antes de la etapa inca.

El autor informa sobre el contenido mágico-religioso dado a la cópula y a los órganos sexuales, tanto masculinos como femeninos, y particularmente al miembro viril, objeto de una especie de culto propiciatorio de la abundancia de los comestibles.

El autor postula que los alimentos eran considerados materia proveniente del connubio del Dios del Agua y la diosa Tierra o Pachamama. Por lo mismo estos seres eran considerados como seres divinos supremos. El hombre los rendía culto, rituales y ofrendas, buscando de este modo exorcizar las continuas catástrofes desatadas por el fenómeno de El Niño y que al estropear los cultivos hacían que asomara el fantasma del hambre.

Kauffmann Doig analiza también los rituales andinos de connotación sexual acudiendo no solo al legado arqueológico expresado particularmente en cerámica, sino también a la información etnográfica recogida en parajes andinos, y desde luego también a lo expuesto en las crónicas de los siglos XVI y XVII que, por ejemplo, refieren particularidades sobre el acataimita o acerca de las prohibiciones y tabúes en materia sexual que regían en tiempos del incario.

Además de otros temas revelados por primera vez, este libro también informa sobre el comportamiento amatorio que se suponía continuaba en las moradas de ultratumba.




domingo, 3 de enero de 2016

Hallazgo de una tumba en Perú, ¡Intacta!


Descubren en Perú un tesoro arqueológico que ha permanecido oculto durante más de un milenio: una cámara funeraria con varios miembros de la realeza wari.
 

Por: Heather Pringle, 
National Geographic, junio de 2014



En la costa de Perú, a la luz del atardecer, los arqueólogos Miłosz Giersz y Roberto Pimentel Nita abren una hilera de pequeñas cámaras junto a la entrada de una antigua tumba. Selladas y ocultas durante más de mil años bajo una gruesa capa de ladrillos de adobe, albergan grandes vasijas de cerámica, algunas pintadas con figuras de lagartos y otras, con sonrientes rostros humanos. Al retirar los ladrillos de la última sala, Giersz hace una mueca. «Aquí dentro huele fatal», farfulla. Examina con atención el interior de una enorme vasija sin pintar: está llena de puparios podridos, restos de las moscas que en su día fueron atraídas por el contenido del recipiente. El arqueólogo se pone de pie y sacude de sus pantalones una nube de polvo de 1.200 años de antigüedad. En los tres años que lleva excavando este yacimiento, llamado El Castillo de Huarmey, Giersz se ha topado con un inesperado ecosistema de muerte, constituido por restos de insectos que un día se alimentaron de carne humana, serpientes que se enroscaron y murieron en el fondo de las vasijas de cerámica, o abejas africanizadas que salieron en grandes enjambres de las cámaras subterráneas y atacaron a los operarios.

Muchas personas habían advertido a Giersz de que excavar entre los escombros de El Castillo sería difícil, y casi con certeza una pérdida de tiempo y de dinero. Durante al menos un siglo los saqueadores habían perforado las laderas de la colina en busca de tumbas que contuvieran esqueletos engalanados con piezas de oro y envueltos en algunos de los tapices más bellos de la historia. La loma, a cuatro horas de viaje en coche desde Lima, al norte de dicha ciudad, era como un cruce entre la superficie de la Luna y un vertedero: surcada de agujeros, cubierta de antiguos huesos humanos y repleta de basura moderna (los ladrones solían deshacerse de su ropa antes de volver a casa por temor a contagiar a sus familias las enfermedades de los muertos).

No obstante Giersz, un afable inconformista de 36 años que enseña arqueología andina en la Universidad de Varsovia, estaba decidido a excavar allí de todos modos. Tenía la total convicción de que algo trascendental había sucedido en El Castillo hace 1.200 años. Por sus laderas se esparcían muestras de tejidos y fragmentos de cerámica de la poco conocida civilización wari, originaria de Perú, cuyo centro de poder estaba mucho más al sur. Así pues, el arqueólogo y un pequeño grupo de investigación empezaron a explorar con un magnetómetro lo que yacía en el subsuelo y a sacar fotografías aéreas con una cámara ajustada a una cometa. Las pruebas revelaron lo que a varias generaciones de saqueadores de tumbas les había pasado inadvertido: los difusos contornos de unas paredes enterradas que recorrían un promontorio rocoso en la parte meridional del enclave. Giersz y un equipo polaco-peruano solicitaron de inmediato el permiso para iniciar las excavaciones.

Aquellos contornos desdibujados resultaron formar parte de un extenso laberinto de torres y altos muros que se desplegaba por todo el extremo sur de El Castillo. Pintado en su tiempo de color rojo escarlata, el intrincado complejo parecía ser un templo wari dedicado al culto a los ancestros. Cuando en otoño de 2012 el equipo cavó bajo un estrato de sólidos ladrillos trapezoidales, descubrió algo que pocos arqueólogos andinos habrían imaginado nunca encontrar: una tumba real sin profanar. En su interior estaban sepultadas cuatro reinas o princesas wari, al menos otros 54 individuos de alcurnia y más de un millar de objetos correspondientes a la élite de aquella sociedad, desde enormes orejeras de oro hasta cuencos de plata o hachas de aleación de cobre, todo de exquisita factura.

«Este es uno de los descubrimientos más importantes de los últimos años», afirma Cecilia Pardo Grau, conservadora de arte precolombino en el Museo de Arte de Lima. El análisis de los hallazgos está arrojando nueva luz sobre esta cultura andina y su opulenta clase dirigente.

Surgidos de la nada en el valle peruano de Ayacucho hacia el siglo VII de nuestra era, los wari alcanzaron su apogeo mucho antes que los incas, en una época de sequías recurrentes y crisis medioambientales. Se convirtieron en expertos ingenieros, construyendo acueductos y complejos sistemas de canalización para irrigar sus cultivos dispuestos en bancales. Cerca de la actual ciudad de Ayacucho fundaron una boyante capital, conocida en la actualidad como Wari. En su cénit, Wari acogía a una población de nada menos que 40.000 habitantes: una urbe mayor que el París de aquel momento, que no superaba los 20.000. Desde este bastión, los señores de esta civilización expandieron sus dominios cientos de kilómetros a través de los Andes e incluso se adentraron en los desiertos costeros, forjando lo que muchos arqueólogos consideran el primer imperio de la América del Sur andina.

Los investigadores han especulado largo y tendido sobre cómo lograron los wari construir y gobernar este reino tan vasto como rebelde, si fue mediante la conquista, la persuasión o una mezcla de ambas cosas. A diferencia de la mayoría de los regímenes imperiales, carecían de un sistema de escritura y no dejaron una crónica histórica bien documentada. Pero los hallazgos de El Castillo, a unos 850 kilómetros de la capital wari, están esclareciendo muchas dudas.

Las invasiones wari en este tramo de costa se iniciaron probablemente a finales del sigloVIII. La región colindaba por el norte con la que entonces era la frontera meridional de los prósperos señores mochica, y según parece carecía de líderes locales fuertes. No está claro cómo los invasores lanzaron su ofensiva, pero en una importante copa ceremonial de libaciones descubierta en la tumba imperial de El Castillo se representa a unos guerreros wari armados con hachas combatiendo contra unas defensas costeras provistas de propulsores, o átlatls. Cuando la niebla de la batalla se hubo disipado, los wari habían adquirido un firme control del territorio. El nuevo señor construyó un palacio al pie de El Castillo, y con el tiempo él y sus sucesores transformaron el empinado monte en un imponente templo destinado al culto a los antepasados.

Oculta por su milenaria acumulación de piedras y sedimentos transportados por el viento, hoy El Castillo tiene el aspecto de una inmensa pirámide escalonada, un monumento construido de abajo arriba. Sin embargo, Giersz intuyó desde el principio que el complejo cultual encerraba algo más que lo que se apreciaba a simple vista, y un equipo especializado en arquitectura corroboró sus sospechas: los ingenieros wari empezaron las obras en la cima misma de El Castillo, una formación natural de roca, y fueron bajando de manera gradual. Según Krzysztof Makowski, arqueólogo de la Pontificia Universidad Católica del Perú y asesor científico del proyecto de El Castillo, se inspiraron en otra estructura. «En las montañas, los wari hacían terrazas agrícolas, y empezaban por arriba.» Conforme descendían, rebajaban las laderas para obtener una superposición de plataformas.

En la cima de El Castillo los constructores excavaron primero una cámara subterránea destinada a ser la tumba imperial. Cuando llegó la hora de sellarla, los peones vertieron unas 30 toneladas de grava y cubrieron la cámara con una capa de ladrillos de adobe. Encima levantaron una torre mausoleo, cuyas paredes rojizas podían avistarse desde muchos kilómetros a la redonda. Antes de sellar la cámara la élite wari había depositado ricas ofrendas en las pequeñas cámaras anejas al sepulcro: tejidos finamente urdidos, a los que los antiguos pueblos andinos atribuían un valor superior al oro; unas cuerdas con nudos, denominadas quipus, usadas para consignar los bienes imperiales; y partes corporales del cóndor andino, un ave vinculada a la aristocracia wari. (De hecho, uno de los títulos del emperador podría haber sido Mallku, «cóndor» en aymara.)

En el centro de la torre había una sala con un trono. En tiempos mucho más recientes, hace unos 15 años, unos saqueadores informaron a un arqueólogo alemán de que habían encontrado momias en nichos de pared. «Estamos casi seguros de que la estancia se usó para venerar a los ancestros», dice Giersz. Quizás incluso sirvió para rendir homenaje a la momia del emperador, que aún no ha sido localizada por su equipo.

A fin de poder codearse en la muerte con los miembros de la dinastía real, los nobles acotaban parcelas en la cima donde elevar sus propios mausoleos. Una vez agotado todo el espacio disponible, ingeniaron el modo de ampliarlo construyendo terrazas escalonadas en las vertientes de El Castillo y llenándolas de tumbas y torres funerarias. Tan importante era para la nobleza wari reposar eternamente en El Castillo, explica Giersz, que «empleaban a todos los trabajadores locales posibles». La argamasa seca de muchos de los muros que se han exhumado últimamente presenta huellas de manos, algunas dejadas por niños de apenas 11 o 12 años.

Cuando terminó la construcción de la necrópolis, presumiblemente en algún momento entre los años 900 y 1000 d.C., El Castillo transmitía un poderoso mensaje político a los vivos: los invasores wari eran ahora sus legítimos gobernantes. «Si quieres tomar posesión de una tierra –explica Makowski–, tienes que demostrar que tus antepasados se han integrado en el paisaje. Forma parte de la lógica andina.»

En una pequeña cámara tapiada, Wiesław Więckowski se encorva sobre un brazo humano momificado y desprende la arena de sus dedos descarnados. El bioarqueólogo de la Universidad de Varsovia ha estado limpiando esa sección de la cámara, recogiendo restos de un fardo funerario wari y buscando el resto del cuerpo. Es un trabajo lento y minucioso. Al introducir la punta de su espátula en un rincón de la sala, pone al descubierto parte de un fémur humano que estaba alojado en el muro. Decepcionado, Więckowski arruga el entrecejo y explica que, a buen seguro, los ladrones intentaron desplazar la momia desde una estancia adyacente y literalmente la hicieron pedazos. «Lo único que podemos decir es que la momia pertenecía a un varón y que era un hombre de edad avanzada.»

Como especialista en el estudio de restos humanos, Więckowski ha empezado a analizar los esqueletos de todos los individuos hallados en el interior y en las inmediaciones de la tumba imperial. Dice que el grado de conservación de los tejidos blandos en la cámara sellada era pésimo, pero que sus investigaciones están empezando a aportar datos significativos sobre las vidas y las muertes tanto de las damas de elevada alcurnia como de quienes las escoltan.

Casi todas las personas enterradas en la cámara eran mujeres adultas y muchachas que probablemente habían muerto en un lapso de apenas unos meses, lo más seguro por causas naturales. Cuando fallecieron, su pueblo les dio un trato muy respetuoso. Sus sirvientas las vistieron con túnicas y mantones exquisitos, pintaron sus rostros con un pigmento sagrado de color rojo y las engalanaron con joyas preciosas, desde unas valiosas orejeras de oro hasta delicados collares de cuentas de cristal. A continuación los encargados del duelo depositaron sus cuerpos con las piernas flexionadas, la posición habitual en los enterramientos wari, y envolvieron a cada una de ellas en una tela de grandes dimensiones para formar el fardo funerario.

El rango social, apunta Więckowski, era tan importante en la muerte como en la vida. Las difuntas de mayor abolengo –quizá reinas o princesas– fueron colocadas en tres cámaras privadas en un lado de la tumba. La más importante, de unos 60 años, yacía rodeada de extraordinarios artículos de lujo: múltiples pares de orejeras, un hacha ceremonial de bronce, una copa de plata… A los arqueólogos les fascinó su riqueza y el claro afán de ostentación. «¿Qué hacía esta dama? –se pregunta Makowski–. Tejía con agujas de oro, como una auténtica reina.»

Junto a las paredes de una gran sala común más alejada colocaron a las nobles de menor categoría. Junto a cada una, salvo escasas excepciones, dejaron un objeto del tamaño y la forma de una caja de zapatos, hecho con cañas, que contenía todos los útiles necesarios para confeccionar una tela de alta calidad. Las mujeres wari, excelentes tejedoras, producían unos paños equiparables a nuestros tapices utilizando un número de hilos incluso mayor que los tejidos en Flandes y Holanda en el siglo XVI. Las nobles enterradas en El Castillo se dedicaban a este arte.

Antes de que la cámara fuera clausurada, una comitiva subió las últimas ofrendas por las laderas de El Castillo: los sacrificios humanos, tres niños y tres jóvenes. Więckowski apunta que las víctimas eran quizá descendientes de la nobleza sometida en la conquista: «Si eres el soberano y quieres que tus súbditos se mantengan leales al nuevo linaje, les quitas a sus hijos». Los cadáveres fueron arrojados a la tumba. Luego se cerró la cámara, y en la entrada se dispusieron, a modo de centinelas, los cadáveres enfardados de un joven y una mujer de mayor edad. A ambos les habían cortado el pie izquierdo, seguramente para garantizar que no abandonarían su puesto.
Więckowski espera los resultados de los análisis de ADN y las pruebas isotópicas para averiguar más cosas acerca de las mujeres de la tumba y su lugar de origen. Pero para Giersz todas las pruebas empiezan a perfilar un detallado cuadro de la invasión wari de la costa norte. «El hecho de que erigieran un templo importante aquí, en un terreno elevado junto a la frontera mochica, sugiere que los wari conquistaron la región y planeaban asentarse en ella.»

En una tranquila sala de trabajo del Museo de Arte de Lima, los arqueólogos de El Castillo examinan entusiasmados algunos hallazgos que les acaban de llegar. Durante las últimas semanas los conservadores han eliminado la espesa pátina negra que recubría la mayor parte de los objetos metálicos, poniendo de relieve sus relucientes diseños. Sobre un papel de celofán se pueden ver tres orejeras, cada una del tamaño de un pomo de puerta y tallada con la imagen de una deidad alada o un ser mitológico. Patrycja Prządka-Giersz, miembro del equipo, arqueóloga de la Universidad de Varsovia y mujer de Giersz, las contempla con satisfacción. Estos ornamentos, dice, «son todos diferentes, y solamente podemos evaluarlos después de las tareas de conservación».

Giersz se asoma al interior de una voluminosa caja de cartón y encuentra uno de los hallazgos más preciados del equipo: una botella de peregrino. Realizada en cerámica, pintada y decorada con esmero, reproduce la figura de un señor wari ataviado suntuosamente que navega en una embarcación de madera de balsa por unas aguas costeras rebosantes de ballenas y otras criaturas marinas. Perteneciente al selecto ajuar funerario de una reina enterrada en El Castillo, esta botella de hace 1.200 años parece recrear un episodio –entre mítico y real– de la historia de la costa norte: la llegada de un importante señor wari, tal vez el mismísimo emperador. «Así pues, estamos empezando a hilar el relato de un emperador wari que se hace a la mar en una balsa –dice Makowski con una sonrisa–, un monarca que muere en la costa de Huarmey acompañado de sus esposas.»

Por ahora solo es un «relato», una conjetura con fundamento arqueológico. Pero Giersz sigue pensando que la tumba de un gran señor wari podría estar oculta en algún lugar de este laberinto de paredes y cámaras subterráneas. Y si los saqueadores no se le han adelantado, tiene intención de encontrarla.




Fotos 
(de Robert Clark)

La mano de un personaje de rango, en perfecto estado de conservación, aún se aferra a un trozo de tela mortuoria.

En medio de un laberinto de cámaras, el arqueólogo Roberto Pimentel Nita (izq.) examina un hallazgo. El clima de El Castillo es tan  árido, que los más frágiles hilos pueden preservarse en la tierra durante siglos.

 El arqueólogo Miłosz Giersz mide la distancia entre la tumba imperial y unas vasijas dañadas por los huaqueros.«Estuvieron muy cerca de encontrar el sepulcro»

 Con el cabello áun intacto, el cráneo de una mujer de la élite wari aporta nuevos indicios sobre la vida de la clase gobernante de El Castillo. Antes de enterrarla, sus sirvientas le pintaron el rostro con pigmento rojo, aún visible sobre la cuenca de un ojo.


 En una escalinata recién sacada a la luz, el arquéologo Giersz reflexiona sobre el sorprendente plan arquitectónico de El Castillo. El lugar parece una pirámide, pero sus constructores empezaron las obras en la cima misma de una formación natural de roca, y fueron bajando de manera gradual.


 Un guardián masculino con las piernas cruzadas vigiló los tesoros de la tumba durante más de mil años. A su lado había un vaso de libaciones y una jícara.

 Las mujeres wari de alto rango lucían orejeras, algunas tan grandes como pomos de puerta. El hallazgo de piezas de oro y plata trajo consigo más de una noche de insomnio para los arqueólogos, quienes temían que alguien pudiera desvalijar el yacimiento.


 Entre los tesoros de la tumba hallada intacta en El Castillo de Huarmey destacan los restos de túnicas tejidas con ricos motivos decorativos y unas vasijas pintadas donde se representa a los señores wari, constructores del primer imperio andino.


 Entre los tesoros de la tumba hallada intacta en El Castillo de Huarmey destacan los restos de túnicas tejidas con ricos motivos decorativos y unas vasijas pintadas donde se representa a los señores wari, constructores del primer imperio andino


 Orejera de oro y plata con personaje mítico alado, perteneciente a una mujer de la élite wari.


 La figura pintada en una botella de cerámica representa a un señor wari sentado sobre una balsa: una prueba, tal vez, de que sus huestes invadieron el territorio por mar.


 Orejeras de madera con incrustaciones de oro, concha y piedras preciosas.

La élite wari vestía bien de los pies a la cabeza, con un elegante calzado de piel que a menudo se pintaba de vistosos colores.


Kero de material parecido al alabastro (¿Piedra de Huamanga?), ornamentado con iconografía en relieve de clara influencia norteña

 En la tumba intacta de El Castillo se han encontrado más de un millar de objetos fabricados para la nobleza wari, entre ellos dos vasijas que contenían ofrendas para los reverenciados ancestros.

 En un cementerio moderno cercano a  El Castillo un saqueador expone un tejido robado tratando de encontrar posibles compradores. La tumba de El Castillo es hoy objeto de una vigilancia exhaustiva. 


 Fragmento de una pieza de adorno decorada con plumas de ave.












Mitimaes, La Florida, Rumipampa, Quito,
María del Carmen Molestina

viernes, 11 de diciembre de 2015

"Nueva crónica..." de Guamán Poma: nueva edición crítica

 
El Fondo Editorial de la Biblioteca Nacional del Perú (BNP) presentará una nueva edición de la "Nueva Crónica y Buen Gobierno" de Huaman Poma de Ayala.
Esta edición ha estado a cargo de Carlos Araníbar y la traducción de los textos quechuas y aimaras ha estado a cargo de José Cárdenas Bunsen.

Presentación:
Martes 15 de diciembre a las 7:00 p.m.
Auditorio “Mario Vargas Llosa” de la BNP (Av. De la Poesía 160 – San Borja)
Presentadores: Raquel Chang-Rodríguez, Aníbal Quijano y Rodolfo Cerrón Palomino
 
 

jueves, 3 de diciembre de 2015

Wititi: original, tradicional danza peruana


Danza peruana  inscrita en la lista representativa del 
Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco (Namibia,  diciembre 2015)


 
http://issuu.com/frasecorta/docs/wititi_arequipa_2
 
 
 
 
 

lunes, 16 de noviembre de 2015

Gorros prehispánicos de cuatro puntas



Gorro polícromo de cuatro puntas - Wari-Tiahuanaco




Gorro polícromo de cuatro puntas - Wari-Tiahuanaco


 

Gorro polícromo de cuatro puntas - Wari-Tiahuanaco

 



Vasija Wari
Dignatario con gorra de cuatro puntas